ABOLIR LA PENA DE MUERTE

LA ABOLICIÓN DE LA PENA DE MUERTE: UN REQUISITO DEMOCRÁTICO

 La pena de muerte o pena capital –entendida como la máxima consecuencia jurídica de un delito consistente en la supresión del delincuente– se sigue practicando por doquier, incluso en muchas democracias que se tienen por  avanzadas cuando en realidad no lo son, ya que en un sistema político democrático dicha medida extrema es una contradicción, una incoherencia y un auténtico disparate. La abolición de la pena de muerte es un requisito democrático, aun cuando democracias muy avanzadas como Francia la han abolido tarde (François Mitterrand fue quien finalmente la abolió en 1981). Sin embargo, algunas democracias actuales (siguiendo el modelo defendido por Alexis de Tocqueville) siguen aplicándola y ni siquiera se plantean declararla inconstitucional. El ejemplo más llamativo es el de los Estados Unidos de Norteamérica:

Death_penalty_statutes_in_the_United_States.svg[2]

La imagen es un mapa de Wikipedia sobre Death Penalty, bajo licencia Wikimedia commons.

El asunto es que algunas democracias de la OCDE son muy avanzadas en cuestiones bélicas (carrera armamentística, predisposición a la guerra y nula promoción de la paz) y se olvidan de lo esencial de la democracia: los derechos humanos. Como se ve en rojo en  la imagen, en el seno de la Federación Estadunidense, la mayoría de los Estados siguen sin abolir la pena de muerte. Menos de la mitad de los 50 Estados de USA la han abolido y, naturalmente, son los de tradición demócrata; no los de tradición republicana. Lo cual no es mera casualidad. Los republicanos americanos se han convertido en los peores enemigos de los derechos humanos y, por tanto, de su propia democracia (que en tiempos de Bush dejo de ser avanzada para convertirse, como él, en retrasada).

La pena de muerte es una cuestión política, jurídico-penal y social sobre la que se ha debatido y se sigue debatiendo mucho, por tanto muy  filosófica.  Debatida en el siglo de las Luces de forma muy curiosa, puesto que la posición de muchos de los pensadores y filósofos de la política del siglo Des Lumières fueron muy ambiguos al respecto. Immanuel Kant, el conspicuo filósofo de Königsberg, por ejemplo, la defendió, mientras que Voltaire –inspirado por Beccaria– la condenó: la pena de muerte significa, para el filósofo francés, todas aquellas «masacres en forma jurídica, acometidas con lealtad y ceremonia». Consideraba que la mejor terapia para el criminal era el trabajado forzado, único capaz de hacer honesta toda esta gente. En realidad, la alternativa suena muy mal hoy en día, sobre todo después de Auschwitz y el lema «Arbeit macht frei». El salto entre Voltaire y los crímenes contra la humanidad es gigantesco pero significativo. Después de Auschwitz, la reflexión sobre la pena de muerte cambia radicalmente porque el Holocausto fue la pena de muerte colectiva llevada a su paroxismo y sin previa comisión de un delito, es decir, con una tipicidad arbitraria, sin fundamento, racista, xenófoba, homófoba propia de todos los totalitarismos. Por cierto, la represión franquista posbélica fue igual de arbitraria y propia de los totalitarismos porque fue un régimen totalitario con un agravante: la represión se bendecía desde los altares.

Desde un punto de vista  político- jurídico ha sido el gran debate del Ius puniendi, es decir, del derecho penal.  El dilema sobre si la pena capital es punitiva y disuasoria es obsoleto. Entra en contradicción con las grandes declaraciones de derechos: es deshumanizadora.  Se puede llegar a entender que quien ha matado merezca la muerte. Suele ser el argumento más simplista. El derecho penal moderno ha evolucionado en el sentido de la humanización de las penas en clara consonancia de la humanización del mundo. La pena de muerte no es disuasiva porque ya no se le puede disuadir al que ya está en el reino de los muertos. Ni tampoco está demostrado que tenga fuerza disuasoria sobre los demás. Hasta los jueces de Nurenberg fueron cautelosos a la hora de aplicarla a los máximos representantes del mal de nuestro corto siglo XX: los criminales nazis. De hecho, Albert Speer, Ministro de Armamento del Tercer Reich, entre otros, se libró de ella.

Creo por tanto que, con el tiempo, hay que conseguir que desde la política se llegue poner fin a «este signo eterno de barbarie», como decía Victor Hugo, que además añadió que «en todas partes donde la pena de muerte está en vigor, la barbarie domina mientras que en donde la pena de muerte desaparece, la civilización reina». Este principio será para los que la queremos abolir (en un entorno social en el que aún se encuentran muchas personas que siguen tomando posición a favor de la pena de muerte) un auténtico test del nivel de civilización individual, social y político.