ANNE HIDALGO Y LA LAICIDAD URBANA

 

“LA LAICIDAD URBANA”

Anne_Hidalgo,_février_2014

 

Por fortuna estamos hablando de un caso opuesto al de Madrid: me refiero al Ayuntamiento de París, la capital de la República Francesa y a sus máximos representantes políticos. Se podrían hacer otras comparaciones, pero la de este artículo es digna de atención.

¿Qué tienen en común Anne Hidalgo y Ana Botella salvo el hecho de ser alcaldesas de dos capitales europeas, llevar ambas el nombre de la madre de la Virgen María y ser españolas? Son tres puntos en común relevantes, aunque la distancia que las separa, tanto desde el punto de vista personal como político, es muy grande. Se podría decir que Anne y Ana son como el alfa y el omega, el yin y el yang, dos figuras absolutamente opuestas y nada parecidas, de ahí que, si se tuviera que realizar un trabajo científico-social de política comparada aplicada a élites políticas, estaríamos ante un estudio de casos diferentes. Dada la brevedad de estos apuntes, no se trata aquí de acometer este tipo de estudio ni de decir cuál de ellas es mejor política, ni tampoco quién de las dos asume mejor sus responsabilidades para el interés general. Además,  Botella lleva mucho más tiempo que  Hidalgo ejerciendo de alcaldesa, de modo que probablemente una evaluación comparada de políticas públicas sería problemática. Tampoco se buscan juicios de valor, sino ver, observar y constatar las diferencias entre dos protagonistas de la política local de dos países vecinos y dejar que el lector saque sus propias conclusiones.

Se podría empezar por lo más anecdótico. Se da la circunstancia que ambas políticas se llaman Ana, nombre que la franco-española hija de la República ha traducido al francés –Anne–, aunque parece ser que si uno tiene ocasión de encontrársela y llamarla Ana, le contesta ella amablemente como Loulou: «Oui, c’est moi!». Anne Hidalgo es gaditana, oriunda de San Fernando, el lugar exacto donde se hizo la Pepa, es decir, nuestra famosa primera constitución (que muchos expertos califican de «liberal» cuando probablemente sea el texto constitucional menos liberal de la época contemporánea, ya que niega la libertad de conciencia y de religión al establecer que la nación española es católica, de modo que su carácter liberal es bastante sospechoso por su intolerancia y carácter excluyente).

La otra alcaldesa –en este caso de Madrid– también se llama Ana, es española y, a fuer de madrileña de cuna, muy castiza. Y puestos a hablar de lo “español”, “liberal” y “católico” veamos qué es lo que las separa, salvo haber nacido en dos puntos diferentes de la Península y haber acabado siendo la imagen de dos ciudades tan importantes como son París, la Ciudad Luz, y Madrid, la capital de la Movida. Lo primero que se puede apuntar es que la señora Botella no parece reivindicar esta característica madrileña de la Movida o de la post-movida, ya que se pasa el tiempo visitando iglesias de la capital y asistiendo a procesiones. El alcalde de la movida fue, en honor a la verdad, el llamado “viejo profesor”, don Enrique Tierno Galván, intelectual y político español que devolvió a la última ciudad en resistir a los fascistas en 1939 su rostro más liberal (que algunos catalogan de forma despectiva de libertinaje). Sí, Madrid, que fue símbolo durante mucho tiempo de resistencia al fascismo durante la guerra y a los grises durante la dictadura, se ha convertido en esos últimos años, bajo mandato de la mencionada alcaldesa y merced a su alianza con la delegación del gobierno del robo y del miedo, en una ciudad donde la gente ya no se atreve a poner un pie fuera a manifestarse, por miedo a que le maltraten o le multen (tal y como están las cosas, no están los tiempos para darles más dinero a estos ladrones natos). El asunto es que Madrid está gobernado no sólo por Ana Botella, sino por las Vírgenes que ella venera regularmente en conventos del muy castizo Madrid y a quienes de seguro pide consejos para solucionar los problemas urbanos. En este aspecto, no se puede negar que esta señora tan devota sí es muy española en su sentido actual de la palabra: católica, apostólica y romana.

En el lado contrario, Anne Hidalgo –tal vez por haber respirado aires más liberales en Cádiz en sus años de niñez– es también española, pero en el sentido republicano de la palabra, o sea que hoy por hoy, en España será para la gran mayoría del pueblo español (que ha dado y da su confianza a la actual banda de ladrones en el poder), una anti-española o sea no digna de reivindicarse como tal. Así es como en España se trata a cualquiera que sea liberal, afrancesado, defensor de la laicidad, que no se apunta al carro de las procesiones y se rehúsa a ir a las corridas de toros. Sí, además, uno se suma al carro de la defensa de los catalanes ya se convierte en enemigo de la patria, es decir, un apestado.

Para cualquier persona sensata, liberal y cosmopolita, la señora Hidalgo tiene el mismo derecho a ser española que la alcaldesa de Madrid. Tiene la ventaja de ser también francesa y de haber crecido en el marco de l’École républicaine, la institución francesa que se construyó durante el fin de siècle francés para formar ciudadanos y ciudadanas capaces de asimilar los valores de “Liberté, Égalité, Fraternité”, mientras que la señora Botella se educaría en el nacionalcatolicismo puro y duro del franquismo (que todavía frecuenta al ser simpatizante de los Legionarios de Cristo). Todo ello muy respetable y dentro del orden constitucional que con una hipocresía sin precedentes y demostrada, declara que ninguna confesión tiene carácter estatal. Claro, sí: ¡naranjas de la china!

Anne Hidalgo, además de ser española y francesa es también atrevida y, como hija de la inmigración, consigue llegar donde hoy se encuentra por la vía contraria a la de su homóloga madrileña: la meritocracia, algo que en nuestro país está casi en vía de extinción. Pero no sólo es atrevida por haber conseguido llegar a la Alcaldía de París y, por tanto, a la política por méritos propios, sino que también es valiente a la hora de reivindicarse atea, tal y como lo hizo la pasada semana con ocasión de la ceremonia de entrega de los Premios de la laicidad 2014. Española, francesa, hija de la República, es la primera mujer en la historia de Francia en ser Alcaldesa de París y ha conseguido que, en honor a los derechos de la mujer, la llamen “Madame la Maire” (la señora alcalde).

 En honor a la laicidad, abrió la mencionada ceremonia con un discurso digno de una “ciudadana republicana”, mejor dicho, una auténtica «ciudadana del mundo» porque, como bien ha dicho, en París reina la laicidad en todo su esplendor porque es una ciudad donde pueden coexistir, gracias precisamente a la laicidad, personas de cualquier nacionalidad, religión o raza. París es una ciudad que se rige por el principio de «laicidad urbana» dijo la alcaldesa: una ciudad que reúne a personas muy diferentes que consiguen vivir juntas (precisamente el objetivo de la laicidad es “saber vivir juntos”).

En eso consiste la «laicidad urbana» y es en ello en lo que se distancian, a mi modo de ver, las dos alcaldesas de las que habla este artículo: en su sentido de entender la vida, a sus conciudadanos y a la ciudad que gobiernan.

Muy a pesar de ello, de su dimensión laica urbana, «¡París sigue valiendo una misa!»