DEL JUANCARLISMO AL FELIPISMO: RUPTURA Y CONTINUIDAD

El FIN DEL JUANCARLISMO Y LA BÚSQUEDA
DE NUEVAS FORMAS DE LEGITIMIDAD

           La historia de las monarquías de la vieja Europa es un relato de grandeza y decadencia como el título de la novela de Honoré de Balzac (Grandeur et décadence, 1837) o la de Evelyn Waugh (Decline and Fall, 1928).

        Independientemente de resonancias literarias, hay que decir que el relato sobre las monarquías (europeas) es, sin lugar a dudas, la crónica del fracaso de una teoría y de una forma política que ha existido bajo diferentes formas (hereditaria, electiva, diárquica, triunviratos) y experimenta una evolución que tiende hacia su desaparición: de monarquías feudales propias de la poliarquía medieval (Hegel), las monarquías autoritarias pre-modernas (como la de los Reyes Católicos), las monarquías absolutas propias del Estado moderno (cuyo teórico principal es Hobbes1), las monarquías limitadas post-revolucionarias como la de Luís XVI tras el estallido de 1789, las monarquías constitucionales del siglo XIX (tanto en forma de carta otorgada como liberal) y, por fin la última y más moderna versión: la actual monarquía parlamentaria, mucho más extendida en el norte de Europa (Suecia, Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda, Luxemburgo) que el sur donde sólo pervive la española borbónica objeto de este artículo (que versa sobre el caso español).

          Estamos aquí ante una institución –la monarquía- en su sentido contemporáneo (o, si se quiere, democrático), que se suele resumir con aquella expresión del político francés, Adolphe Thiers, que dijo que “el rey reina pero no gobierna” para expresar que, limitado a funciones honoríficas de representación, el rey –o, en su caso, la reina– que ha dejado de ser soberano, no hace nada más que cumplir con funciones de representación carentes de responsabilidad política. Curioso es que, años más tarde, el propio general De Gaulle redujera la de los Presidentes de las repúblicas parlamentarias a lo mismo –lo que él llamó « inaugurateurs de chrysanthèmes »– para expresar esta misma idea. Lo cierto es que, al gozar de este privilegio de “irresponsabilidad”, que encaja mal en los sistemas políticos democráticos, la institución cada vez es más retrograda y anti-democrática. Los ingleses expresan esta idea de anticuado, desusado, viejo, arcaico, antiguo, desfasado, con sentido del humor británico cuando dicen que «The king can do no wrong», es decir, que no se equivoca. Y claro, ¿cómo se va a equivocar si apenas tiene derecho a la palabra? Dicho en términos griegos antiguos: carece de isogoría.

     La monarquía de 1975, en que Juan Carlos fue proclamado rey y juró los Principios del Movimiento con ceremonia que constituyó la última fase del franquismo como forma de gobierno, se convirtió en monarquía parlamentaria española, surgida legalmente en 1978 (aunque proviene del franquismo). Esta institución con aparente capacidad de adaptación, ha atravesado tan malos momentos que se ha visto obligada a regenerarse o renovarse. Es difícil hablar de renovación en el marco de una institución donde no cabe nada nuevo porque todo es viejo: sus normas, su funcionamiento, sus palacios etc. No se puede negar, por supuesto, que hay signos de modernidad: una reina sin pedigree que proviene del pueblo y no del Gotha europeo; un rey proclamado sin presencia de crucifijo y sin misa de entronización, contrariamente a su padre, Juan Carlos, aquel 27 de noviembre de  la unción llamada Misa del Espíritu Santo… Sin duda, el entorno cuasi-sacro que rodeó a la restauración de 1975 ya ha pasado y la nueva monarquía de Felipe VI parece querer formar parte de esa “segunda transición” de la que nos llevan hablando desde hace unos meses los líderes de los dos grandes partidos políticos españoles –PP y PSOE–que constituyen el bipartidismo de la primera transición (sucesor del turnismo de la restauración alfonsina) y no ponen en cuestión la monarquía, como demuestra la votación en el Parlamento: es una razón de Estado («L’État: c’est le Roi»).

        Por lo tanto, habría signos tímidos de cambios aparentes, alusiones a regeneracionismo de una institución difícilmente renovable salvo si fuese a petición del pueblo español, único soberano. Y aquí está el planteamiento de esta cuestión que constituye la problemática que se quiere desarrollar en este artículo y que consiste en preguntarse en donde radica su legitimidad, porque de antemano, democrática, la institución, no es.

El agotamiento del «juancarlismo» como ideología

        El asunto al que se enfrenta el nuevo rey y su consorte radica en superar el descrédito que le lega su padre cuyos días, por enfermedad y/o por razones políticas parecían contados. No cabe duda, que la monarquía de Juan Carlos atravesaba malos momentos; de ahí que se habló de auténtica crisis de la institución por motivos sobradamente conocidos por el lector (el Affaire Corina, las famosas cacerías anticonservacionsitas, el Caso Noos), constitutivos no sólo de la mencionada crisis, sino sobre todo de la legitimitad muy criticable de la que gozaba: en un primer momento, la franquista; en un segundo momento, la de la Transición y, por último, su ideología prefabricada : el juancarlismo. Los últimos años de Juan Carlos I plantearon una doble crisis: la de la institución (que, ya de por sí, está en vías de desaparición) y la de su legitimidad. Pero ¿se trató más de una crisis de una institución carente de legitimidad democrática o más bien del ocaso de la ideología –bastante singular– llamada el «juancarlismo»2? ¿Sobrevivirá Felipe VI al agotamiento y desaparición del juancarlismo? ¿Tendrá que ganarse a su pueblo como lo hizo su padre, pero con algo ex novo llamado «felipismo»? Un «felipismo» que, naturalmente, no tiene nada que ver con el ex~presdidente del Gobierno, Felipe González Márquez.

El déficit democrático de la institución desde sus orígenes

      La primera idea ya planteada –argumento que prueba que la monarquía de Juan Carlos estaba en pleno declive– es que la monarquía es una institución trasnochada y que no casa bien con la democracia porque ambas caminan siempre en direcciones contrarias: mientras las democracias o modernas poliaquías (Dahl, 1997) avanzan siguiendo olas de democractización (Huntington, 1994), las monarquías, en cambio,  retroceden.

       En el fondo, podríamos incluso decir que, a pesar de su vigencia a través de la forma parlamentaria, la monarquía es la antítesis de la democracia. Y la síntesis en la que se resuelve dicho conflicto vendría a ser la República. La conclusión de todo esto, desde la teoría y praxis de la democracia moderna (cuya paternidad difícilmente es atribuible a Rousseau), es que desde las revoluciones liberales burguesas del siglo XIX (Hobsbawn), la Historia ya no la escriben los reyes o príncipes, sino los pueblos o, por lo menos, las élites que ellos mismos eligen para acometer esta tarea. Las monarquías desaparecen con celeridad en cuestión de poco tiempo. Antes de la Gran Guerra sólo había cuatro repúblicas en Europa: Suiza, San Marino, Francia y Portugal. La derrota de los imperios Centrales trajo consigo un vendaval que barrió con las coronas de los Habsburgo, los Hohenzollern y la multitud de príncipes mediatizados alemanes (que gozaban de rango soberano aunque dependieran del Reich). Los Romanov ya habían sido destronados en Rusia en 1917 (y en parte exterminados por los bolcheviques tras la Revolución de Octubre). Tras la Segunda Guerra Mundial (como efecto dominó y con ayuda del socialismo real que se pone en pie), cayeron una detrás de otra las coronas del Este de Europa (Albania, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Yugoslavia) y la de Italia. Se da la circunstancia que la última en caer hasta el momento ha sido la de Constantino II de los Helenos (hermano de Sofía, la ex reina consorte de España) tras el Golpe de los Coroneles y su fracasado contragolpe en Grecia, episodio bastante traumático para la familia, según se lee en la biografía de la hoy «reina madre» (Urbano, 2008).

       España, país que a menudo se resiste a seguir a sus vecinos más avanzados en cuestiones de modernidad política (democracia, republicanismo, laicidad, etc.), también ha experimentado a lo largo de su historia cambios en las teorías como en las formas políticas propias de la evolución explicada anteriormente pero con sus peculiaridades. El caso español experimenta el mismo proceso de decadencia –o, si se quiere, de fracaso– desde el siglo XVIII. Desde el constitucionalismo y “liberalismo a la española”4, la monarquía borbónica perdió su razón de ser cuando en España, tras la expulsión de los ejércitos napoleónicos, Fernando VII (tatarabuelo del rey actual) suprimió la que era la constitución “más adelantada” en derechos de su tiempo (la de Cádiz de 1812) y persiguió a muerte a los liberales por negarse a aceptar su gobierno absolutista y querer el retorno de “la Pepa”. Las revoluciones emancipadoras de la América hispana también dejaron claro, a lo largo del periodo llamado Trienio Liberal (1820-1823), su rechazo al rey Borbón y a su política colonial centralista y burocrática.

        España –que hizo hacia finales del siglo XIX, previo al desastre del 98, verdadera catarsis nacional de ideas anquilosadas– pretende seguir viviendo de su pasado glorioso haciendo pervivir como símbolo del mismo un modelo inoperante, costoso y que históricamente no ha comportado tanto beneficio como a simple vista pueda suponerse. La trayectoria de inestabilidad política, económica, social y militar de los Borbones nos reafirma en todo lo contrario.

La monarquía franquista pero sin Franco:  Juan Carlos en búsqueda de una nueva legitimidad

        A la muerte del dictador, Juan Carlos, su heredero, no gozaba de ninguna legitimidad o, dicho de otro modo, se fundamentaba en la larga noche del franquismo que surgió de un levantamiento militar y una guerra civil. Todo ello muy poco democrático para una institución que de por sí no lo es, aunque consiga convivir con éxito en ciertos países del norte y centro de Europa.

        Juan Carlos I tuvo que ingeniárselas para mantenerse en el poder siguiendo la máxima de Nicolas Maquiavelo de que los Estados o se heredan o se conquistan, pero estaba claro que la herencia del franquismo era lo peor. Rodeado de personas con sentido práctico como Adolfo Suárez y tras superar el golpe de 23 F que le dio un afán de protagonismo a nivel internacional y –naturalmente– nacional como »padre de la nación» o héroe nacional, se fue construyendo lo que aquí llamo la pseudo-doctrina o ideología del juancarlismo, es decir, una entelequia, símbolo a merced de los medios de comunicación y las élites interesadas en el mantenimiento de la institución monárquica ante la falta de legitimidad de la monarquía y del propio Juan Carlos que la representaba.

         La monarquía de Juan Carlos carecía de legitimidad de origen puesto que, al gozar únicamente de legitimidad franquista en sus inicios, no se podía hablar de legitimidad democrática como la que requiere cualquier institución en una democracia contemporánea. El problema de la monarquía española, como la mayoría de las grandes cuestiones de Estado en España, arranca del franquismo y, en concreto, de la cuestión de continuidad, la que podemos situar en los cinco últimos años del régimen del dictador: autoritario y en muchos aspectos totalitario.

       La sucesión de Franco en torno al año 1968 no estaba resuelta y planteaba un serio problema para el dictador que había salvado España con su “cruzada” sanguinaria. Asegurar la continuidad del franquismo y, por tanto, del nacionalcatolicismo era de obligado cumplimiento por quien había restablecido la catolicidad de la nación española tras el “Edicto de Nantes español” de la Segunda República.

        La cuestión fue harto complicada y de difícil resolución por aquel hombre que había triunfado en nombre de Dios. Tras el VII Congreso del PC en París, apareció un folleto títulado: «Después de Franco, ¿qué?» al que el régimen, a través Torcuato Fernández Miranda, respondió: «Después de Franco, las instituciones». Durante la primavera de 1969, se puso entonces en marcha la Operación Príncipe donde se barajaron varias posibilidades entre las cuales estaban Alfonso de Borbón y Dampierre (hijo del infante Don Jaime, a su vez hijo mayor viviente por entonces de Alfonso XIII, aunque impedido por su sordera), el príncipe Don Juan de Borbón (depositario de la legitimidad dinástica por haberle transmitido sus derechos su padre el ex rey de España), su hijo Juan Carlos (que sería rey) y, por último, los pretendientes carlistas, divididos entre Don Carlos Hugo de Borbón-Parma y Francisco José de Habsburgo y Borbón (candidato de los llamados “carloctavistas”) y Don Sixto. Hasta el nacimiento de Felipe de Borbón y Grecia, tercer vástago y único varón de Juan Carlos y Sofía, Franco no se resolvió y, por fin, el 22 de julio del año 1969, las Cortes aprobaron la decisión del dictador eligiendo al hijo de Don Juan de Borbón mediante el “salto dinástico”. Como el propio Franco señaló en su discurso, no se trataba de una restauración sino de una «instauración que nada debe al pasado, nace del 18 de julio que constituye el hecho histórico transcendente que no admite ni pactos ni concesiones». La operación Príncipe fue un éxito, aunque visto desde la perspectiva republicana, un auténtico fracaso, pero empezaba la pesadilla de Juan Carlos, el cual sólo tenía la legitimidad del Movimiento y de su mentor, un anciano de 84 años que agonizaba. Es entonces, cuando Franco consideró y sentenció «que todo quedaba atado y bien atado». Y así fue, suficientemente atado para que, durante la enfermedad del dictador, Juan Carlos gobernó como jefe interino pero, al poco tiempo, Franco le dejo claro que su propia jefatura era vitalicia y lo mandó de vuelta a Zarzuela.

       Con la muerte del dictador en noviembre de 1975 se puso entonces en marcha la Operación Lucero y arrancó la monarquía franquista de Juan Carlos, es decir, el franquismo sin Franco que la propia Iglesia católica legitimó, como era de prever, a través del discurso del cardenal Enrique y Tarancón en los Jerónimos. En este sentido, Juan Carlos se vio respaldado por una iglesia que siempre le ha sido fiel a la corona a pesar del pseudo-progresismo del cardenal Tarancón. Porque el peligro para Juan Carlos no era la Iglesia, sino el otro pilar del régimen, es decir, los militares, «los del búnker», el movimiento de Blas Piñar , y todos los demás que temían que Juan Carlos les pudiera “borbonear”. Pese al discurso de apaciguamiento de Tarancón previo a la proclamación real, que dio cierta seguridad al Rey, éste seguía sin apoyos o, por lo menos, contaba con pocos hombres de confianza. Juan Carlos era consciente que le faltaban las dos legitimidades fundamentales: la dinástica y la popular. En los sectores más radicales –tanto de la derecha como de la izquierda– se decía que era un rey “impuesto”, de modo que fue un momento complicado para él. Arias Navarro era su guardián, aunque  no dejaba de ser un halcón del propio Franco, el celador de El Pardo. Con el mantenimiento de Arias y la oposición de la izquierda, Juan Carlos era muy impopular, pero gracias a la construcción de esta ideología del rey «campechano» , moderador, símbolo de la unidad nacional, y cercano a su pueblo, consolidó una institución que, probablemente estaba condenada, como en Grecia, al fracaso. Por tanto, el «juancarlismo» ha sido una ideología o, mejor dicho, un modus operandi muy práctico para conseguir una legitimidad de ejercicio que ha permitido a Juan Carlos mantenerse sin dificultades en el poder, por los menos desde el enfoque de las bases sociales de los regímenes políticos. Seguramente las elites políticas y económicas y los cuartos poderes (Iglesia y Medios) hayan contribuido al fortalecimiento de una institución en cuyo futuro nadie apostó.

    Visto así, el juancarlismo y su forma política, es decir, la monarquía de Juan Carlos, ha sido un éxito en términos de conquista del poder y permanencia.

El «felipismo»: fuente, vector y principio de «la segunda transición»

       Tras su abdicación mucho de todo lo antedicho ha cambiado sustancialmente, aunque España sigue, como quería Franco, en la continuidad de lo que siempre ha sido España: monárquica y catolicismo.

Mientras que su padre, Juan Carlos –además de construir y apoyarse en esta ideología «atrapalotodo» que aquí se llama «juancarlismo»– tuvo que pasar por los Jerónimos y, luego viajar directo a USA para conseguir el reconocimiento internacional que no tenía, el hijo y actual rey ha ido directo al Vaticano a reivindicar la catolicidad de la nación española y de su trono recordando que España, incluso en tiempos modernos, sigue reafirmando la concordia del trono y el altar porque, aunque no haya habido misa de entronización, la proclamación tuvo lugar el día de Corpus y con misa, pero privada, en Zarzuela. Posteriormente, la tesis de unión del trono y del altar se corrobora con Ofrenda Nacional al Apóstol Santiago Julio de 2014.

Tal vez estemos ante una monarquía que intentará conciliar elementos del pasado a los que los españoles siguen apegados –como la catolicidad y la parafernalia– con signos de modernidad innecesarios y costosos por los tiempos que corren si se reducen a cuestiones de estética y discursos sobre la unidad de España que, como se sabe y se está presagiando, está en peligro de quebrarse.
Felipe no tiene por delante una tarea fácil, pero si lo consigue, demostrará que tanto la monarquía (el trono) y el nacionalcatolicismo en su versión contemporánea están hoy tan vivos como siempre, aunque sean claros signos de la decadencia de España como democracia.

     Respondiendo a la problemática que se plantea en el título, es difícil saber si es una ruptura, una continuad, las dos cosas o una estrategia política y de gobierno ante los problemas acuciantes en España como la cuestión catalana. Revolucionaria, la monarquía no es y nunca será, de modo que podría haber elementos de ruptura, pero se inscribe en la continuidad de la Historia contemporánea de España. Continuista del todo tampoco es, aunque sólo en apariencia. Pero atendiendo a sus objetivos: mantenerse en el poder, entonces sí hay un poco de las dos cosas: se utilizará lo del presente y del pasado para que la institución prospere en el futuro y la niña, Eleonor, al igual que su padre, consiga, un día, ser Reina.

    La continuidad de ejercicio parecía haber terminado con la abdicación. Entonces la prensa expuso el nuevo marco que iba a constituir la famosa Casa Real y del Rey. Sin embargo, las últimas apariciones de Juan Carlos y Sofía (por separado) como Reyes, en actos de Estado sean éstos formales o menos informales, él en América del Sur (El rey Juan Carlos comienza su actividad en Colombia con una visita a Telefónica http://http://www.efe.com/efe/noticias/america/portada/rey-juan-carlos-comienza-actividad-colombia-con-una-visita-telefonica/2/64/2386408)  y, en el caso de Sofía, en Mallorca, demuestran que, se mire como se mire, es una institución resistente al cambio. Aquí nadie se retira de verdad y, de alguna forma, la institución de facto se ha desdoblado.

La imagen es una foto oficial de la Casa Real, en el dominio público
La imagen es una foto oficial de la Casa Real, en el dominio público

Tenemos dos reyes y dos reinas, todos en ejercicio y en primera línea. A alguien se la ocurrido pensar en el coste y el oportunismo de este hecho innegable llamado “privilegios” propios del Antiguo Régimen. El espíritu y, por tanto, sigue más presente que nunca: todo atado y muy bien atado, en el sentido de bien planificado y orquestado. Para algunos será un signo de fracaso y decadencia de España en términos de modernidad, pero es el resultado de un buen ejercicio de «ingeniería política».