EL DEBATE SOBRE LA LAICIDAD DEL ESTADO EN ESPAÑA Y EN EUROPA

LA SEPARACIÓN IGLESIA-ESTADO: UNA CUESTIÓN PENDIENTE.

laicité

Las polémicas de estos últimos años en Europa en torno a las leyes que permiten el matrimonio a personas del mismo sexo o a las que regulan el derecho de la mujer a decidir sobre su embarazo (ley del aborto) han vuelto a abrir el debate sobre la laicidad del Estado y  la secularización de la sociedad. En España el problema del proyecto de ley de Educación –que vuelve a otorgar a la religión católica un papel fundamental en el sistema educativo público– pone la cuestión de la laicidad del Estado encima de la mesa. ¿Cuál es el problema? El de siempre: el de las continuas injerencias de la Iglesia Católica en la vida política de casi todos los países que considera suyos y, por otro lado, un problema que rebasa el marco estrictamente institucional, el de la sociedad española. A eso habría que añadir la naturaleza del actual gobierno español profundamente nacional-católico (además de corrupto e ilegítimo).

 

La laicidad no es sinónimo de laicismo, es decir, de un planteamiento ideológico. No hay que confundir una ideología con una forma de organización política. No se puede confundir el Estado social (bienestar) con el socialismo, aunque es el socialismo el que más lo defiende, pero es diferente. Hay que llamar las cosas por su sombre. Laicidad viene del griego λαϊκός a través del latín laicus, que significa aquello que es del pueblo (λαός, laós), lo que es común a todos. Se empezó a utilizar el término para distinguir lo que es del laós y lo que es del klerikós (κληρικός), de modo que el propio término lleva implícita la idea de la separación. Una primera idea laica de sociedad y de Estado es aquella que hace la diferencia entre los asuntos comunes del pueblo (poder temporal) y los asuntos del clero (espirituales). El problema en España es que el término, por voluntad de quienes monopolizan el estudio de las relaciones Iglesia-Estado (teóricos del derecho eclesiástico), lo asocian al anticlericalismo, al ateísmo, a la quema de conventos, siendo así que la laicidad no es sino una forma de organización política –del  Estado– caracterizada por unos medios (el no reconocimiento de una religión oficial y la separación entre iglesias y Estado) para la consecución de unos fines (libertad de conciencia y no discriminación).

 

¿Cuál es el estado de la cuestión en España? La Constitución española dice en su artículo 16 que «ninguna confesión tendrá carácter estatal». Hasta aquí podríamos pensar que, al igual que la Constitución francesa, se está haciendo una declaración de laicidad del Estado o como se suele decir en España, de «aconfesionalidad» que es lo mismo pero que durante mucho tiempo la Real Academia no ha querido reconocer. Los ingleses hablan de «secularism», los franceses de «laïcité» y creo que en España debería  hablarse de “laicidad del Estado” y no de “laicismo”, que es la doctrina que defiende la laicidad del Estado. El problema no es sólo de la Real Academia, sino del propio Estado Español que, naturalmente, no es laico. Digo naturalmente porque, en primer lugar, la nación española está fuertemente impregnada de catolicismo. Casi todas las constituciones españoles desde la Constitución de Cádiz de 1812 (e incluso el bonapartista Estatuto de Bayona de 1808) definen a la nación española por su catolicidad. La Constitución actual, pese a no poner etiqueta confesional al Estado, sí reconoce que hay que tener en cuenta las creencias de la sociedad española» mayoritariamente católica. Según datos recientes del CIS, el 72,4 % de los españoles se definen como católicos; de allí que la misma constitución admita que «mantendrá relaciones de cooperación con la Iglesia católica». Cuando se privilegia a una religión, cuando se financia a la Iglesia católica a través de la renta pública, y cuando se impone la enseñanza de la religión en la escuela pública, el Estado sí está reconociendo una religión oficial y, por tanto, NO es laico.  En España no hay suficiente separación Iglesia-Estado para poder hablar de Estado laico puesto que el contenido de los acuerdos de 1979 contradice el principio mismo de laicidad, es decir, de neutralidad.

 

La Iglesia española tiene muy claro que  no está relegada –como en Francia– a la esfera privada o individual: tiene presencia pública, porque se le permite todo o casi todo. Y la culpa la tienen los políticos, las elites, los gobiernos de turno, que no han sido capaces de cambiar las cosas, es decir, de denunciar y anular los Acuerdos de España con la Santa Sede de 1979, que juntos constituyen un concordato en clara continuidad con el de 1953, el del régimen franquista. La separación de Iglesia y Estado es una cuestión pendiente en España que viene de largo y que sólo un gobierno de coalición de todas las fuerzas políticas de izquierda podrá llevar a cabo. El PSOE por sí solo ha sido incapaz de hacerlo.

 

¿Es éste un problema singularmente español? En absoluto. Es un problema también europeo. La Unión Europea está plagada de concordatos y acuerdos (Alemania, Polonia, Portugal, Italia, Austria, Croacia, Hungría, Malta, Mónaco, San Marino, etc.). El Papa Juan Pablo II, aquel “superstar” que daba la vuelta al mundo, no sólo viajaba para saludar a sus fieles sino para pactar acuerdos en clara línea concordataria, es decir, establecer relaciones de estrecha colaboración en materia principalmente educativa y económica y así luchar con más fuerza contra la modernidad. La Iglesia católica siempre ha sido reticente al cambio salvo, quizás, en tiempos del Concilio Vaticano II.

 

Parece ser que el nuevo papa Francisco tiene un discurso más moderno, parecido en cierto modo al del ya cincuentenario concilio. Evidentemente la realidad ha cambiado.  Creo haber oído que incluso habla de laicidad. El problema es que él y yo no hablamos de lo mismo. El papa Francisco no habla de laicidad sino de libertad religiosa con dimensión pública, de laicidad «positiva», un concepto muy de moda entre los que precisamente condenan el modelo de laicidad de Estado (como por ejemplo, el ex Presidente francés Nicolas Sarkozy, que quiso cargarse el paradigma de la laicidad: el modelo francés, el de la ley de 1905).  La laicidad no necesita calificativos: abierta, cerrada, negativa o positiva. La laicidad es una forma  de organización política que preserva lo público de las injerencias religiosas de cualquier tipo para respetar el principio de igualdad y neutralidad.

La separación de Iglesia y Estado, que es aquel medio por el cual se construye un Estado laico, no es, pues sólo una cuestión española y una cuestión europea: diría que es una cuestión que afecta al mundo entero, en cuanto que toca un derecho fundamental de los seres humanos: el de la libertad.