FRANCISCO: NOVEDAD Y CONTINUIDAD EN EL PAPADO (Parte 2)

CUESTIONES DE POLÍTICA INTERNA

LA INGOBERNABILIDAD

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           Cuando Benedicto XVI renunció al pontificado el 11 de febrero de 2013, adujo: “mis fuerzas, dada mi avanzada edad, ya no se corresponden con las de un adecuado ejercicio del ministerio petrino”. Al ministerio petrino corresponden, tradicionalmente, tres “potestates”: docendi (enseñar), sanctificandi (santificar) y regendi (gobernar). No parece que las fuerzas de Benedicto no le permitieran enseñar y santificar, pues su magisterio y su actividad propiamente religiosa eran intensos, incluso en vísperas del “gran rifiuto” (la “gran renuncia” en alusión al verso dantesco sobre Celestino V). Pero que su entorno se había vuelto ingobernable es claro. Benedicto XVI, es decir, Joseph Aloisius Ratzinger se había visto relegado, aparentemente, al mundo de sus apartamentos privados, dedicado a su actividad favorita –la teología– mientras la todopoderosa Secretaría de Estado decidía hasta de los mínimos expedientes que se iban depositando no en el despacho del pontífice, sino en el del súper-cardenal Bertone. Pero el control de este último en cuyas manos residía el poder efectivo (al que se deben las más significativas “meteduras de pata” del reinado de Benedicto) no pudo evitar el escándalo Vatileaks (cuyo chivo expiatorio fue el pobre Paolo Gabriele, doméstico del papa), ni la revelación de la existencia de un presunto lobby gay en el seno del Vaticano. Tal vez se pueda aplicar aquella frase “el rey reina pero no gobierna” (Adolphe Thiers) al reinado de Ratzinger por los hechos mencionados. Lo que está claro es que no aguantó más: ya lo habían criticado por su lección magistral de Ratisbona, por el levantamiento de las excomuniones de los obispos lefebvristas (uno de los cuales se descubrió ser un negacionista del holocausto), por la liberalización de la misa tridentina (proscrita desde los tiempos de Pablo VI, aunque nunca abrogada oficialmente). La situación verdaderamente se había hecho incontrolable, algo comparable con el ex rey de España, Juan Carlos, y Benedicto decidió dar paso a otro papa, con más brío para emprender lo que no se suele explicar en los medios, es decir, la reforma de la Curia Romana, excesivamente dominada por criterios del poder político de naturaleza partidista porque, aunque la iglesia católica no sea una democracia sino una monarquía absoluta y por tanto no haya partidos políticos como tal, sí hay facciones, grupos de poder internos que no dejan de ser, en cierto modo, partidos o, mejor dicho, protopartidos.

           ¿Por qué se hace de vez en cuando importante reformar la Curia Romana? Ella es el gobierno central de la Iglesia, que teóricamente colabora estrechamente con el Papa, con el cual forma la Santa Sede. La Curia, para decirlo en términos de política moderna, es el gabinete de gobierno del Romano Pontífice, en cuyo nombre actúa. Ahora bien, gobernar la Iglesia Católica (que es una realidad espiritual y mundana a la vez), requiere recurrir no sólo a los principios doctrinales y disciplinares, sino también a la política y la diplomacia. Tradicionalmente, ha habido en el seno del gobierno de la Iglesia dos partidos: el de los “zelanti” (los guardianes de la ortodoxia a toda costa) y el de los “politicanti” (los que anteponen criterios de oportunidad). Ambos partidos buscan obviamente colocar sus peones en la Curia Romana, creándose así las redes de clientelismo, que favorecen el carrierismo eclesiástico. De este modo, el gobierno de la Iglesia, librado a sus propias tensiones, acaba por írsele de las manos a los Papas.

          Tres son las reformas importantes que la Curia Romana ha experimentado a lo largo de la época contemporánea: la de Pío X (1908), la de Pablo VI (1968) y la de Juan Pablo II (1985). La primera se hizo necesaria por imperativo de la pérdida del poder temporal del Papado: se trataba de suprimir los organismos de la administración temporal del Estado de la Iglesia y reorganizar los del gobierno espiritual, quitando duplicidades e imponiendo el criterio doctrinal como rector de la actividad de la Curia, representado en la Sagrada Congregación del Santo Oficio, a la que se atribuía el carácter de Suprema y cuyo prefecto era directamente el Papa. La segunda reforma, la montiniana, siguió el Concilio Vaticano Segundo, durante cuya celebración, la Curia Romana había desempeñado un papel conservador (aunque con un profundo sentido de la disciplina y de la obediencia). El «Santo» Oficio perdió su carácter de Suprema Sagrada congregación y el eje del poder se transfirió a la Secretaría de Estado, a la que se dio amplios poderes, como una especie de super-dicasterio. Sólo gracias a esta reforma pudo ser posible llevar adelante la “Östpolitik” vaticana. El criterio netamente político se impuso. Esta reforma permitió a Pablo VI gobernar apoyándose en los elementos más ejecutivos de la Secretaría de Estado: Benelli, Villot, Casaroli. La reforma de Juan Pablo II fue una adecuación de la Curia Romana al funcionamiento de los modernos gabinetes ministeriales de los gobiernos civiles y se significó por un burocratismo en el que se movían las distintas facciones clientelares cómodamente, repartiéndose el poder mientras el papa Wojtyla se dedicaba a viajar por el mundo entero. Básicamente la predominancia de la Secretaría de Estado continuó intocable, pero Juan Pablo II sabía dar de vez en cuando fuertes golpes de timón para recordar quién era el que mandaba, cosa de lo que no fue capaz Benedicto XVI, a quien la Curia Romana relegó al papel de papa reinante, pero no gobernante.

 

              Francisco, nada más subir al trono, anunció su intención de reformar una vez más la Curia Romana, convertida en un organismo donde se hace carrera más que gobernar la Iglesia en colaboración con el Romano Pontífice. El reto es de una envergadura tal que, después de más de un año de la constitución del consejo cardenalicio o “grupo de los ocho” para llevarlo a cabo, el trabajo está aún por empezar. Francisco parece querer una Curia dócil al papa pero eficiente. Ya ha demostrado con varias decisiones quién es el que manda. Por mucho que insista en su carácter de obispo de Roma, obra como un poderoso y temible Pío XI. Así como Benedicto XVI tuvo muchos miramientos con la gente del pontificado anterior a la que no quería junto a sí y los fue poco a poco alejando sin humillarlos y promoviéndolos a puestos de prestigio, Francisco no ha vacilado a la hora de cortar cabezas: a los ratzingerianos cardenales Mauro Piacenza y Edmond Burke los ha hecho objeto de una auténtica “capitis deminutio” y así con otros prelados afines. Sus nombramientos los hace personalmente, sin consultar a nadie y llegan a ser sorprendentes. El nuevo secretario de Estado, cardenal Parolin, es un diplomático discreto, todo lo contrario de Bertone, que, en los últimos años del pontificado de Ratzinger, se exhibía como una especie de vice-papa en los numerosos viajes que efectuaba. Todo parece indicar que la reforma de Francisco será la de una Curia más dependiente del pontífice y más ejecutiva.

       Francisco está demostrando un estilo «astuto»: no se manifiesta sobre los temas que no le interesan en un momento dado para evitar polémicas, no hace pronunciamientos doctrinales netos y claros como su antecesor, pero desliza sus ideas a través de entrevistas, que plantean el debate sin que se ponga en juego la autoridad. En la preparación del próximo sínodo sobre la familia, ha permitido que entren en juego temas antes considerados “no negociables”, como la comunión de los divorciados y las uniones homosexuales. Antes de la celebración del sínodo, las posturas ya están definidas en torno al liberal cardenal Kasper (que cuenta con la simpatía de Francisco) y el conservador Müller. La cosa promete. Y Francisco deja hacer, manteniendo, sin embargo, unas riendas que, en un momento dado, sabrá tensar si le conviene.