FRANCISCO: NOVEDAD Y CONTINUIDAD EN EL PAPADO (PARTE 3)

El Día Mundial de los Ancianos fue celebrado este domingo 28 de septiembre en el Vaticano con una misa oficiada por el papa Francisco y una vez más se pudo ver la imagen insólita de dos pontífices romanos –uno reinante y el otro emérito– en un contexto de concordia y no de cisma (que hasta ahora era el único escenario posible para imaginarse a dos papas simultáneos). Ciertamente, Joseph Ratzinger no es ya el Sumo Pontífice ni posee las prerrogativas que se atribuyen los papas de infalibilidad pontificia y jurisdicción universal (que se supone pasaron a Francisco en el momento en el que éste fue elegido), pero no deja de ser raro que visiblemente la Iglesia parezca bicéfala.

 En la ocasión que da pie a estas líneas, Francisco repitió, refiriéndose a Benedicto XVI, algo que ya dijo en otras ocasiones: que tenerlo en el Vaticano “es como tener a abuelo sabio en casa”. Indudablemente se trata de una de esas frases francas y coloquiales a las que nos tiene acostumbrados Bergoglio, pero tiene también una lectura que va más allá de la simple amabilidad hacia su predecesor. Porque la imagen es muy elocuente: el abuelo sabio es el que vive en casa y al que se le escucha con condescedencia contar sus historias de antaño, pero cuya influencia es nula a la hora de tomar decisiones en el hogar porque su tiempo ya pasó y su presencia es meramente testimonial. También dijo Francisco –en evidente alusión a Benedicto– que los ancianos tienen una grande capacidad de oración en las situaciones más difíciles. Lo que equivale a decirle a Ratzinger: lo tuyo ahora es rezar y basta.

 Porque por mucho que el papa argentino se haya portado con el alemán impecablemente, guardando las formas y con demostraciones de gran deferencia, es claro que el nuevo pontificado está tomando derroteros muy divergentes a los de Juan Pablo II y Benedicto XVI. No tememos decir que Francisco está reeditando la era montiniana, que se creía definitivamente cosa pasada. El pontífice, si no en el estilo (su campechanía y desparpajo porteños poco tienen que ver con el aristocrático y distante porte de Pablo VI) es montiniano en la forma de ser papa. No se olvide que Montini aprendió a serlo en la escuela del mayestático Pío XII, de quien fue estrecho colaborador casi cuarto de siglo: Pablo VI era de mentalidad liberal (como fruto de su formación intelectual francesa), pero, como los déspotas ilustrados del siglo XVIII, pensaba que sólo él sabía lo que convenía al Pueblo de Dios y que se debía acatar sin protestar sus reformas, fabricadas en el restringido círculo de sus hombres de confianza e impuestas con el argumento de autoridad (la del Sumo Pontífice).

 Francisco se mostró prudente en sus decisiones durante los primeros meses de su reinado, quizás para no chocar demasiado con el establishment vaticano y tantear el terreno. Su resolución de no mudarse a los apartamentos papales del Palacio Apostólico y quedarse permanentemente su alojamiento provisional en Santa Marta tal vez tenga que ver con una voluntad de aislamiento, lejos de la inmediatez de la Curia Romana, con el objeto de madurar las líneas maestras de su pontificado. Pero pasado un tiempo prudencial, el Francisco papa se ha mostrado terminante y muy consciente de su poder. Será un pontífice postconciliar, pero, como Pablo VI (y antes que él Pío XI y Pío XII) no quiere asesores sino ejecutores. Lo ha demostrado con sus disposiciones de gobierno: el comisariamiento de los Franciscanos de la Inmaculada, el implacable cese de funcionarios de la Curia (cardenales incluidos) y los nuevos nombramientos episcopales, todas de corte anti-ratzingeriano, que demuestran ex obliquo que Benedicto XVI efectivamente es un buen abuelito que sólo está para rezar y contar sus batallitas.

 La estrategia de Francisco es  inteligente: hay que reconocerlo. Aunque se impone en la toma de decisiones de carácter práctico y administrativo, no se moja personalmente en el terreno doctrinal: su primera encíclica fue un calco de la que pensaba publicar Benedicto antes de su renuncia; los temas candentes de moral (comunión de los divorciados vueltos a casar, los nuevos tipos de familias, las uniones more uxorio de personas del mismo sexo, etc.) los deja a la libre discusión del próximo sínodo de obispos; en los temas no negociables guarda silencio, no considerando que tenga que añadir nada a lo ya dicho por sus predecesores en la materia que se trate. Pero sutilmente, deja entrever su pensamiento a través de la vía informal de las entrevistas periodísticas (sea en un avión, sea para alguna publicación periódica). Por ejemplo, lo que dijo sobre los gays: su ya famoso “¿Quién soy yo para juzgar?” Con lo cual, como se dice coloquialmente en el lenguaje futbolístico (tan afín a las aficiones personales del papa argentino) “sacó balones fuera”. Porque efectivamente, en última instancia para los creyentes el juez de las conciencias es su Dios y ni el pontífice romano puede inmiscuirse en el fuero interno de las personas, pero como supremo maestro de la Iglesia de Roma, se supone que sí que tiene algo que decir en cuanto a la ley objetiva que rige la moral católica. Sin embargo, nadie puede argüir al papa por lo que dice a bordo de un avión y como de pasada…

 Pablo VI fue “impecable” en la doctrina y emanó incluso documentos importantes reafirmando la continuidad de la tradición dogmática de la Iglesia de Roma (a la que, por otra parte, ya nadie hacía caso), pero sus reformas prácticas –llevadas a cabo por decisión personal y en uso de su autoridad suprema– transformaron al catolicismo y dieron paso a la época postconciliar, fascinante y turbulenta. Pero, a diferencia de su sucesor Francisco, no era carismático y su creciente melancolía no entusiasmaba ciertamente a los fieles, que lo veían como un hombre frío y distante. La baza de Francisco es precisamente su popularidad, su proximidad, su espontaneidad (para muchos estudiada) y sus modos de párroco (que algunos identifican con los de Juan XXIII, olvidando que el bueno de Roncalli sabía ser también regio al desempeñar su papel). Francisco se granjeará la voluntad de la gente, pero se hará lo que él mande sin rechistar y ésa será su ventaja respecto a Montini (en su momento contestado por tirios y troyanos). La iglesia bergogliana ya está pisando fuerte, mientras un abuelito bonachón vestido de blanco reza en casa de Francisco.