LA IDENTIDAD NACIONAL CATÓLICA ESPAÑOLA

images4R0LHF4L                              CATOLICIDAD O LAICIDAD

     Un elemento absolutamente imprescindible para comprender la Historia Contemporánea y la más reciente, el presente y, probablemente, el futuro de los sistemas políticos del mundo, es el conocimiento de las relaciones entre el poder político y el religioso. El el caso español –realidad sociopolítica objeto de análisis- las relaciones (conflictivas o consensuadas) entre la religión católica institucionalizada en su Iglesia y el Estado español como forma de organización del poder político, constituyen una de las piezas clave para entender el pasado, el presente y el futuro de la vida política española y de los españoles.

        Esta variable expuesta anteriormente como explicativa de gran parte de la Historia política y social toma forma, en la Historia de la fusión entre lo religioso y lo político en Edad Media, de subordinación del Estado a la Iglesia católica en la Edad contemporánea. Destacamos un único episodio (1931-1936) durante el cual se separa el Estado de  esta iglesia, para volver a identificarse con ella hasta el día de hoy a través de la llamada vía de la «cooperación» (artículo 16.3 de la Constitución de 1978): una forma elegante y discreta de perpetuar el nacionalcatolicismo.

        También hemos de tener en cuenta que ciertas políticas públicas en nuestros modernos sistemas políticos lo son también de la consolidación y configuración de los Estados en su forma contemporánea cuyo grado de desarrollo está relacionado con su nivel de autonomía respecto a las Iglesias. Un hecho que la Ciencia Política, en su vertiente teórica, ha sistematizado a través de la teoría de los cleavages o fracturas y, en concreto, el cleavage Iglesias-Estado (Lipset y Rokkan, 1967). A medida que este cleavage se «cristaliza» (Delwit, 2008) en el tiempo en batallas decisivas entre «un Estado-nación movilizador y las reivindicaciones corporativas de las Iglesias» (Lipset y Rokkan: 34) que refleja, por ejemplo, la conocida “Guerra de las dos Francias” (Poulat) se consigue la definitiva autonomía respecto a las pretensiones territoriales, económicas y espirituales (morales) de la Iglesia universal (católica) que vienen de lejos y que dieron lugar a la larga Historia de un conflicto, el cual abarca desde la adopción del Cristianismo como religión oficial por el Emperador Constantino hasta los recientes conflictos entre las autoridades eclesiásticas católicas y los gobiernos de los Estados de la Unión Europea sobre las raíces de la misma Europa hasta su respectivas legislaciones que suponen cuestiones “morales” y que dan lugar a un moderno conflicto entre «moral cristiana» y «moral laica» (Peña Ruiz ).

        Las religiones han estado presentes en las distintas sociedades a partir de un hecho que explica este continuum conflictivo: la fusión de lo político y de lo religioso (Castillo y Tamayo, 2005: 82) hecho sobradamente conocido que no se analiza en aquí. El punto a tener en cuenta de lo antedicho -que será objeto de análisis- es que la mencionada fusión es inviable en las sociedades democráticas y secularizadas modernas, no sólo porque haya una disminución de las creencias religiosas en términos cuantitativos y/o una pérdida de referencias religiosas, que, en ambos casos, obedecerían al recientemente muy criticado proceso de secularización, pero sobre todo porque se considera que la religiones, que pueden convivir en la democracia, deben hacerlo libre pero privadamente, de ahí que la separación entre Iglesias y Estado sea una condición o, si se quiere, un imperativo de una democracia avanzada hasta tal punto que algunos teóricos expertos consideren que la democratización de los Estados es el camino hacia la laicidad (Gauchet, 2003, Tamayo ). Por consiguiente, la historia de las Iglesias y de las democracias en la actualidad de acuerdo a esta definición normativa debería ser la de la laicidad o de la separación. De lo antedicho, se pueden extraer dos conclusiones: que la separación entre Iglesias y Estado es una condición de autonomía estatal en la Historia en el sentido de no subordinación y, también, de la propia democracia como aquella forma de organizar el Estado de Derecho (Cotarelo ).

    En conclusión, la laicidad que es sinónimo de los dos fenómenos expuestos anteriormente, es decir, de separación y neutralidad es un principio y una exigencia de los sistemas políticos democráticos contemporáneos: una conditio sine qua non. Pero, ¿es así en la Unión Europea y en el caso concreto español?

      Independientemente del debate sobre la raíces cristianas que tuvo lugar en su día a la hora de definir la esencia de Europa como unión de Estados, construida inicialmente para evitar una posible Tercera Guerra mundial, está más que comprobado que el enunciado del artículo I-2 de la Constitución Europea sobre la «no-discriminación» es objeto de permanente violación por los Estados que, como España, privilegian una confesión religiosa porque únicamente en una sociedad en la que nadie es privilegiado será posible la «no discriminación» que es mandato legal supranacional. Y es evidente que, desde el momento en que una confesión es privilegiada, como en España,  los adeptos de las mismas gozan de unos privilegios que rompen con la igualdad de derechos que en Europa, incluido el Estado español, es mandato constitucional.

       Lo cierto y comprobable empíricamente es que el Estado español no cumple con la exigencia ni de la separación ni de la neutralidad respecto de la Iglesia católica en particular, al contrario de Francia, por ejemplo, que lleva separada de la misma desde finales del siglo XIX. Por consiguiente, se deduce de ello que España no es un Estado laico o, por lo menos, la laicidad que algunos expertos alegan es, sin lugar a dudas,  más nominal que real. De esta primera demostración y de acuerdo con la afirmación que la laicidad es una condición democrática, se pueden extraer conclusiones sobre la calidad o el grado del sistema político democrático español en la actualidad. Pero más aún, si, como se tratará de demostrar y de acuerdo a lo antedicho sobre la relación entre el cleavage Iglesia-Estado y el desarrollo político del mismo Estado, es decir, la cristalización de la fractura Iglesia-Estado como condición de emergencia, constitución y consolidación de los Estados-naciones europeos, la no cristalización de esta fractura demostraría que España no ha conseguido un grado de autonomía parecido a otros Estados europeos como Estado-nación al seguir este, el español, subordinado en cierta manera a la Iglesia universal.

       Una segunda conclusión consistiría en decir que la carencia democrática por falta de separación estricta y neutralidad, la ausencia de autonomía por falta de desintitucionalización católica y la ausencia de autonomía porque está ligada internacionalmente por la vía de los concordatos desde tiempos remotos, son  pruebas de que España es un Estado cuyo poder y autoridad están subordinados a la Iglesia católica apostólica y romana lo que supondría, si se mira desde la teoría del Estado, un cierto fracaso como Estado soberano.

   España y el mundo hispano-americano tienen una seña de identidad muy ligada con la Iglesia católica apostólica y romana. Los Estados del sur de Europa, del centro y del sur de América se sustentan en una idea de nación “católica” que viene definida en el modelo de constitución consagrado en Cádiz en 1812 por los llamados “liberales” españoles, los que no quieren ser ni afrancesados, o sea traidores, ni tampoco aliados de Fernando VII. Todos ellos harán la llamada “revolución liberal” jurídica afirmando los principios de soberanía nacional, separación de poderes, pero eso sí, definiendo la nación como “católica” y negando así la posibilidad de existencia y por tanto de convivencia con otras creencias y opiniones. Todo el siglo XIX español está marcado por esta identidad católica y el  siglo XX también porque <<la iglesia católica quiere representar la identidad de la nación, guardar su rol social, económico y político>> (Baubérot, 2009).

    La identidad nacional es el trasfondo del asunto que explica la ausencia de separación entre la Iglesia católica y ciertos Estados, como el español.