LA RENUNCIA PAPAL: ¿UNA ELECCIÓN RACIONAL?

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Benedicto XVI no abdica (del latín abdicatio: renunciar) como lo hacen los demás monarcas  sino que renuncia a su cargo, porque a diferencia de los primeros, no renuncia a favor de alguien, porque de este tema ya se encargan los cardenales  en el famoso cónclave. De allí que la monarquía vaticana sea diferente a las demás europeas actuales: es electiva, pero no tiene carácter parlamentario, osea que el Papa reina,  como Juan Carlos de España, pero  gobierna, otra cosa es que sólo lo haga en apariencia o que le hayan sustraído el poder de mando.

Otra singularidad es que Benedicto XVI es rey de un micro Estado, al igual que Alberto de Mónaco (príncipe), y a su vez jefe espiritual (católico), por tanto podríamos decir que ostenta dos espadas: una temporal y otra espiritual aunque yo prefiero llamarlo autoridad “moral” en referencia a la auctoritas romana. Podríamos decir que el Papa tiene dos caras, como Jano, o un carácter bidimensional, si se quiere: jefe de las cuestiones que conciernen la fe católica por un  lado, y la política pura y dura por otro lado, lo que implica desempeñar desde cuestiones diplomáticas hasta tener que decir a sus fieles  del mundo entero qué es lo que se entiende por bien y por mal más allá de las legislaciones de casa Estado soberano, cosa que a menudo plantea verdaderos problemas que sólo puede resolver un modelo laico de Estado al estilo francés, el contrapeso a la libertad de conciencia.

Resuelta la cuestión sobre la doble naturaleza del cargo, surge entonces la cuestión en torno a las causas que han empujado a este señor a renunciar a tan prestigioso cargo, de hecho hay cierta intriga porque no es nada común que los Papas renuncien a su cargo. Si mis fuentes son exactas, son 8 los pontífices romanos que han renunciado en toda la historia de la iglesia católica cuando ha habido más de 250 Papas.  Han renunciado a su cargo por orden cronológico: Clemente I, Ponciano, Silverio, Marín I, Benito IX, Celestino V, Clemente VIII y el actual Benedicto. La primera conclusión es que son muy pocos los Papas que han renunciado a su cargo sencillamente porque no es costumbre renunciar, de allí que algunos comentaristas lo interpreten como un acto revolucionario, pero que no lo es en su sentido político actual de  sublevación popular contra el poder establecido para así derribarlo, pero que sí supone cierta ruptura con la tradición establecida. Por lo tanto, al ser la renuncia un acto político inusitado y contario a la costumbre, aunque contemplado,  el acto obedece, sin duda, a razones muy concretas y que, a mi modo de entender, son diversas.

El argumento de la edad, el primero que aparece en su discurso de 10 de febrero de 2013, no me parece demasiado convincente cuando es precisamente la avanzada edad una de las notas que definen al papado. Otra cosa es el estado físico y de ánimo. El ánimo no debería plantear problema para quien tiene ayuda sobrenatural en cantidad abundante, pero el físico es un asunto que es más de este mundo, y es innegable que su aspecto es el de un hombre cansado y con pocas fuerzas. No sé si tendrá problemas de salud, y evidentemente no se los deseo, pero sobre posibles problemas de orden físico, el Vaticano también desmiente que una cáida en México haya precipitado la decisión, para contrarestar el primer argumento esgrimido por el periódico italiano La Stampa.

Todo apunta a cuestiones de poder dentro de la iglesia, es decir de mando y obediencia, porque el Vaticano es, ante todo, política, es decir conflicto que da lugar a relaciones de amigos y  enemigos.  Su alusión a una iglesia dividida confirma esta hipótesis: divisiones internas por cuestiones de poder y ya no de autoridad moral que parece atada y muy bien atada porque  yo diría que su pontificado ha sido la reafirmación de los principios morales de la iglesia y una verdadera contra-reforma doctrinal frente al relajamiento que supuso el Concilio Vaticano II. Así lo demuestran algunas de sus principales encíclicas como Deus et caritas que trata del amor de dios y condena el “sex for pleasure” o  Caritas in veritate sobre la única Verdad, la de la iglesia católica, claro,  una respuesta a Populorum Progressio de Pablo VI, el “Papa progre”. La división a la que alude Benedicto XVI no gira en torno al corpus doctrinal antaño discutido y puesto en cuestión por las facciones más liberales de la iglesia, si es que siguen existiendo, sino por la conquista del poder, que en nuestros sistemas polítcios democráticos se conquista a través de las victorias electorales, pero que en el Vaticano, que no es una democracia, se conquista a través de luchas palaciegas.

Benedicto XVI ha sido un papa que ha privilegiado la doctrina de su iglesia y sobre la cual no ha titubeado ni un instante porque es un teólogo, un auténtico zelante, y no un político,  de allí que muchas cuestiones políticas se le hayan ido de las manos como el asunto vatileaks, la difusión a gran escala de documentos oficiales donde corrupción, nepotismos de todo tipo y escándalos encubiertos salieron a la luz del día debilitando el poder del jefe, porque el poder ante todo es un secreto o conjunto de secretos, y si se roban los secretos entonces se pierde poder.

¿Es su renuncia una elección racional? Seguramente lo sea, porque si lo analizamos como una decisión coste-beneficio, parece ser que permanecer en el puesto de Pedro supone un coste que él ya no se puede permitir y que otros de su entorno están deseando saborear.