MEMENTO MORTI

800px-Nicolas_Poussin_-_'Et_in_Arcadia_Ego'_-_WGA18305
Et in Arcadia ego, Nicolas Poussin. Dominio Público.

HACIA UNA MUERTE  DIGNA

Según el filósofo Jean Paul Sartre, todos y todas estaríamos condenados a ser libres, lo que pasa es que, hasta ahora, ésta sentencia condenatoria no se ha aplicado, que yo sepa,  de forma  erga omnes, es decir, a todo el mundo, y menos aún a todo el mundo por igual. Sin embargo, es innegable que, tarde o temprano, todos y todas, estamos condenados a morir, pero no por igual, pues hay una casuística mortis causam. Por consiguiente, viviríamos todos con la “muerte en los tacónes” o, si se quiere, de caras a la muerte, aunque es comprensible darle la espalda a esta fatalidad, dado lo muy embarazoso que supone tener que convivir con un fantasma, el que quiere acabar con nosotros. Vida y muerte están íntimamente unidos, ya que la propia existencia, lo primero,  convive con el recordatorio de lo segundo y último, la muerte. Se trata del  memento morti que se resume con el  conocido tópico sobre la fugacidad de la vida:  “mira tras de tí y recuerda que eres un hombre” o una mujer, y no un dios dando a entender que la muerte no es un asunto de dioses, por eso al ser humano se le define con la muerte; el (común) mortal.

La relación vida-muerte guarda cierto parecido a la relación de “amigo-enemigo”, una relación de contrarios,  pues con la muerte se acaba la vida, el uno va con el otro y, aquí, el enemigo de la vida acaba siendo la muerte que acaba con la vida. Al ser la muerte un asunto concluyente, el cuestionamiento gira en torno al “después”. ¿Qué hay después del día fatal? La pregunta esconde, una vez más, en mi opinión, una gran aseveración, la que dice que después de la muerte no hay nada de nada. Naturalmente, siempre se puede plantear la hipótesis de un “después”,  pensar que tal vez hay algo posterior: por ejemplo, un infierno donde quemarse para ahorrarnos gastos de incineración, un purgatorio que vendriá a ser como un campo de trabajos forzados, o la reincarnación animal propia del orientalismo que tendría gracia entender en función de cómo se refleja uno mismo en el mundo animal o bien en función de la propia conducta (lo merecido): una mósca si has sido un mierda, una cabra si has sido un lóco o un dinosaurio para los políticos. A nuestro rey, por ejemplo,  no le vendría mal reincarnarse en elefante para experimentar lo que supone echarse a correr en una cacería.  El gran problema de estas hipótesis sobre lo póstumo,  es que no no son científicas porque no son verificables, nadie ha vuelto  para afirmar si hay una segunda parte, salvo personajes de algunas leyendas, es decir, cuentos “chinos”. Es, por tanto, un campo abierto a especulaciones que conllevan todas un mensaje esperanzador a la angustiosa pregunta ¿Qué ocurre entonces? Lo más probable es que no haya nada después del desenlace.

Frente a estas evidencias que sólo las religiones contradicen, porque entienden la vida como un tránsito y la muerte una puerta que se abre hacia algo mejor o peor,  lo más sensato es reflexionar no tanto sobre si ésto es fin, o principio de otro fin,  o sea un  renacer, sino sobre cómo afrontar esta fatalidad: es el debate que gira entorno a la dignidad de la muerte, y que se resume a una cuestión de derechos  humanos e individuales. Es perfectamente comprensible querer escapar a la agonía de una enfermedad incurable, huir del dolor, del malestar, sin hablar de la decrepitud. Éste es el sentido, humano, de cualquier legislación (progresista) encaminada a legalizar la muerte digna, también llamada eutanasia, como el nuevo proyecto de ley del gobierno de François Hollande, el que abre la puerta a la eutanasia de forma paulatina, sin llegar a ser eutanasia activa, la que provoca directamente la muerte, por lo menos de momento. Excelente inicitativa, a mi modo de ver.