FRANCISCO: NOVEDAD Y CONTINUIDAD EN EL PAPADO (Parte 1)

CUESTIONES DE FORMA CON CONSECUENCIAS

Escudo_del_Papa[1]

           Cuando el cardenal jesuita Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y primado de Argentina, se asomó a la logia de san Pedro tras el anuncio de su elección por el protodiácono Jean-Louis Tauran, se observó que el nuevo papa no había revestido ni la muceta roja ni la estola con las que invariablemente había salido a bendecir por primera vez “a la ciudad y al mundo” sus predecesores desde tiempo inmemorial. Hubo quien habló incluso de una discusión áspera entre Bergoglio y el ceremoniero papal  Guido Marini, que insistía para que el pontífice siguiera la tradición y revistiera el rojo (color propio del papa y que simboliza su jurisdicción sobre su Iglesia). Otro detalle: en su breve alocución a la multitud congregada en la plaza de Pedro insistió en hablar como el obispo diocesano de Roma y no como cabeza de la Iglesia (católica) universal. Los cientos de millones de católicos fuera de la Urbe, que seguían por la televisión o por internet el acontecimiento, comprobaban extrañamente cómo el papa parecía no dirigirse a ellos. Personalidad o cuestión de nuevo marketing?

         Ya desde sus inicios, Francisco (novedad también en el nombre y en el hecho de ser el primer jesuita elegido papa), ha demostrado una voluntad de marcar distancias en muchas cosas respecto al pasado por lo menos en las formas, objeto de este primer artículo sobre este líder espiritual. Su estilo es definitivamente diferente y, aunque se le ha comparado con Juan XXIII, en realidad poco tiene que ver con éste. En realidad, y, por más que pueda parecer paradójico, Francisco se parece mucho más a Juan Pablo II. En efecto, el primero –como hizo el segundo–identifica la investidura con el individuo, lo que al cabo lleva (como pasó con Wojtyla) a caer en el culto a la personalidad con resonancias caudillistas. De hecho ya existe un “bergoglismo”, que da la medida por la cual juzgar la manera de ser papa: Francisco evita los ornamentos “ostentosos”, se rehúsa a habitar en un palacio, se mezcla con la gente y hasta se hace “selfies” con ella, etc., etc. Con ello las comparaciones con Benedicto XVI (de las cuales sale éste perdiendo) resultan inevitables.

       Papas con cierta “sencillez” y personal “austeridad” los ha habido indudablemente antes de Bergoglio: piénsese en Juan XXIII, conocido por su vida austera y sus modos de párroco de pueblo. Sin embargo, no desdeñó someterse a los fastos del ceremonial pontificio y a sus cargas. Es más, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Pablo VI, Juan XXIII, Juan Pablo I y Benedicto XVI ciertamente no fueron papas especialmente amantes del confort y la suntuosidad, sino que llevaron existencias personales bastante espartanas en el fabuloso marco del Palacio Apostólico Vaticano.

     Es indudable que Francisco no tiene el concepto tradicional del Sumo Pontificado y le disgustan sus formas históricas y estéticas, pero paradójicamente, cuanto más quiere incidir en su carácter de mero obispo de Roma (omitiendo cuanto puede toda referencia al nombre de papa), tanto más se comporta como un pontífice, imponiendo su autoridad indiscutible, sin consultar ni dejarse asesorar. Sus nombramientos se resienten de antiguas filias y fobias personales. Su proyectada reforma de la Curia, confiada a una comisión cardenalicia, lleva cada vez más su impronta. Se prodiga en entrevistas a los medios que nadie sabe si tomarse como parte del magisterio o como opiniones personales de Francisco, pero que tienen un impacto innegable (y a veces irremediable) en la opinión pública.

     Por otra parte, se da la paradoja de haber en la Iglesia un papa que parece no querer ser sino obispo y un obispo (el papa emérito) que parece continuar siendo papa (incluso visualmente). Ello ya ha producido una sutil brecha entre bergoglianos y ratzingerianos que, desde luego, no es buena para la Iglesia de los católicos. Francisco le cuesta asumir la Historia y se comporta en enfant terrible. Nadie le dice que cambie su estilo pero, para los católicos, «éste no puede anteponerse a su alta investidura, que es la que justifica su actual situación».

     Se acusaba a su predecesor de no atender convenientemente los graves asuntos de la Iglesia (por la injerencia de la todopoderosa Secretaría de Estado del cardenal Bertone, que le impuso una considerable breviatio manus. Pero la aparente “revolución de Francisco” ya está teniendo sus lunares: nombramientos de prelados que después se descubre que son moralmente inidóneos, encargo de la gestión de ciertos entes de la Curia a tecnócratas fracasados o a organizaciones discutibles, abusos de autoridad (como el comisariamiento de los Franciscanos de la Inmaculada); tampoco ha cambiado mucho la predominancia del modelo diplomático sobre el modelo doctrinal y pastoral en la Curia…

   Esta «revolución de Francisco» –si es que es realmente tal– aún no se ha visto en el fondo y, por lo que se refiere a la forma, no es la mejor política porque rebaja, en opinión de los católicos, esa misma autoridad que debe tener para poder llevarla a cabo eficazmente. De no ser así, la novedad se va a quedar en lo anecdótico y la continuidad en lo malo desembocará en un pontificado mediocre. Se corre el peligro de que ocurra lo que decía el príncipe de Salina en Il gatopardo de Lampedusa: que se cambie todo sólo para que todo se quede como está.