UNA CRISIS DE LA REPRESENTACIÓN

¿CRISIS DE LA POLÍTICA O DE LOS POLÍTICOS?

A lo largo de  todo el siglo que nos precede, se ha oído hablar mucho de fin del Estado (Marx), fin de la Historia (Hegel), fin de las instituciones políticas (John Ackerman), fin de las ideologías (a través de Francis Fukuyama en The End of History and the Last Man), fin del socialismo (con la caída del Muro de Berlín)…  incluso, de fin de la pintura (Malévit y Rodtchenko), cuando el crítico de arte Nicolas Taraboukine dijo en 1923 que “la pintura, en cuanto arte de la representatividad –que es lo que ha sido hasta el presente–, ha llegado al final del camino”. Curioso es que no se haya hablado de fin de las religiones porque sí se habló en su día de la muerte de Dios, cuando Nietzche –parafraseando a Hegel– dijo que Dios había muerto, siguiendo la secularización ilustrada de la que también se encuentra huella en la obra de Heidegger.

No ha habido fin de las religiones y sí, en cambio, hay una crisis de la secularización, lo que confirmaría la tesis de André Malraux según la cual el siglo XXI es religioso o por lo menos estamos en una época post-secular en la que las religiones continúan teniendo influencia. En cierto modo, vendría a contradecir la tesis del desencanto del mundo enunciada por el sociólogo Max Weber y retomada más tarde por Marcel Gauchet y que implicaría en sentido estricto un retroceso de las creencias religiosas. Lo que sí ha habido, sin embargo, es un auténtico desencanto respecto a la política, que se puede medir empíricamente con los índices de desconfianza en las instituciones o los representantes. Ellos han permitido construir la teoría de la desafección política de la ciudadanía como resultado de un gran malestar.

Al haber entrado en un nuevo siglo podemos constatar que aquellas teorías de los fines de paradigmas son muy discutibles: el Estado –sinónimo de política– es la forma de organización universal de las sociedades humanas, la historia política se sigue articulando en torno al tradicional cleavage ideológico izquierda/derecha, el socialismo real ha desaparecido ciertamente, pero sobrevive el socialismo reformador, reconciliado con la economía de mercado.

Por lo tanto, nada ha terminado en realidad, pero hemos empezado bastante mal el siglo XXI, con una crisis multidimensional. Actualmente todo o casi todo está en crisis: crisis económica, crisis financiera, crisis política, crisis institucional, crisis de valores, etc. Estamos ante un fenómeno de crisis de crisis o crisis que todas juntas componen una macro-crisis o hipertrofia de la crisis. Pero la pregunta es: ¿es una crisis de la política? Básicamente su naturaleza es económica (más precisamente de economía financiera), sin embargo su alcance es tal que cabe hablar de crisis de la política aunque con ciertas matizaciones.

En el ámbito de la política la crisis es innegable. Se trata, en primer lugar,  de una crisis de representación, es decir de la democracia representativa. Pero no es nada nuevo. Hace ya muchos años que algunos politólogos, como Pierre Rosanvallon, vienen diagnosticando este problema: el “malestar de la representación”. Pero la crítica a la representación es aún más antigua. El propio Rousseau –al que algunos llaman “padre de la democracia moderna” – era un férreo opositor al principio representativo y sentenciaba que la democracia es un “régimen reservado a un pueblo de dioses”. Los padres fundadores de la democracia americana, por su parte, eran bastante hostiles a los partidos políticos.

La crítica es triple: primeramente, se trata de una crisis de la democracia representativa que viene de largo; luego, la desconfianza en los representantes, y, por último, el rechazo a la partitocracia (puesto que los partidos políticos son la forma de organización más adaptada al sistema representativo). Pero, ¿hay modelo alternativo? La mayoría de los intentos de democracia participativa o directa –difícilmente practicable en Estados de grandes dimensiones, como ya indicaba Montesquieu– no han demostrado, por lo pronto, ser una alternativa válida.

¿Qué pasa entonces con la política? ¿Por qué estamos tan disgustados? ¿Por qué muchos manuales de Ciencia Política empiezan dando una definición peyorativa de la política cuando ésta es por principio una actividad imprescindible para la convivencia humana? Sin política todo es caos. Es difícil hoy en día concebir sociedades sin Estado, es decir, políticamente organizadas. La idea de una sociedad desprovista de Estado remite inevitablemente a una imagen de desorden. La política, al tener como principal función la gestión de los conflictos para garantizar el bien común, debería ser percibida como algo positivo y no lo contrario. Cuanto más se agudizan los conflictos se tiende a hablar de crisis y, a veces, en los casos más extremos, de guerras, que es cuando la política no da más de sí y se ha de continuar por otros medios (como decía Clausewitz). En cualquier caso, no es la política la que está en crisis, sobre todo porque la política está para evitar las guerras y porque –como decía Hanna Arendt con sentido más moderno– “el sentido de la política es la libertad”. ¿Qué es entonces lo que falla?

A la tradicional crisis de la representación, puede haberse sumado una crisis de las instituciones. La crisis de la monarquía española es un ejemplo. También habría una crisis de las instituciones representativas tradicionales que explica, en parte, el éxito del enfoque neo-institucionalista en la Ciencia Política contemporánea. La crisis de las instituciones alcanzaría hasta los grupos de presión tradicionales como, por ejemplo, los sindicatos. Frédéric Lambert y Sandrine Lefranc hablan en su reciente manual de Ciencia Política de “movimiento de desindicalización”. Frente a esta crisis de las instituciones lo justo y necesario sería reformarlas y ello sería el presupuesto para emprender una reforma del Estado en toda regla.

Más allá de la crisis institucional, lo que parece plantear un gravísimo problema son los propios representantes: los asuntos de corrupción han desvelado una suerte de lado oscuro de la política que es inaceptable, sobre todo si consideramos que la soberanía es, por definición, popular. Una encuesta del instituto francés CEVIPOF del año 2010 señalaba que el 78% de las personas encuestadas consideraba que los políticos no se preocupan de lo que piensa la gente. Los últimos resultados del centro de investigación mencionado sobre la confianza de los franceses respecto a sus instituciones y sus representantes son estremecedores. Lo mismo sucede en España si observamos los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas. Por consiguiente, estamos ante una crisis de representantes más que una crisis del modelo representativo. Son los representantes los responsables de la crisis de las instituciones y del modelo representativo.

Haría falta, como decía hace unos días el catedrático de Ciencia Política Ramón Cotarelo, una “regeneración”. Las élites políticas democráticas han tomado el relevo de aquellos privilegiados contra quienes se hicieron las revoluciones burguesas y ello corrobora la tesis de que nuestra historia sigue siendo un cementerio de aristocracias. Hay que hacer limpieza a fondo (como la de los establos de Augías por Heracles). Ayer, leía en el blog de un amigo mío que en Francia hay demasiados políticos. Pues entonces que quiten unos cuantos. Hay 577 diputados en la Asamblea Nacional francesa, lo cual es, en verdad, excesivo (y ello sin contar todo el aparato que hay detrás de cada uno de ellos). En eso los españoles parecemos más prudentes: tenemos 350 (aunque habría que considerar los porcentajes según las respectivas poblaciones antes de establecer parangones). Se puede empezar por reducir el número; luego se atendería a la calidad de los que quedaran. Los recortes no tienen por qué aplicarse sistemáticamente a nuestra economía doméstica. La mejor política sería la del ejemplo de quienes la desempeñan.

La crisis de los representantes –que es la que explica la crisis de la representación– es lo que el sociólogo Colin Crouch llama era de la post-democracia, donde hay, por un lado, una élite que saca plena ventaja de sus efectos y, por otro, un nuevo proletariado relegado de un proceso que es más oligárquico que democrático. En la post-democracia que viene, cuanto más se impone la mundialización, menos parecen converger los intereses del pueblo y los de sus representantes. 

Algunos politólogos apuestan por la revolución como ultima ratio. La revolución es un método muy drástico, en verdad, pero en la Historia ha sido, en más de una ocasión, la manera más práctica y efectiva de cambiar las cosas. Otros, como Cotarelo, apuestan por la “regeneración”, por le menos para el caso español. Bernard Manin dice que no existe una única forma de organización del sistema representativo: Francia ha experimentado la democracia de los partidos; luego, el parlamentarismo, que podría verse sustituido por una “democracia del público”. No se trataría entonces de acometer cambios violentos sino más propios de la regeneración, que supondría una metamorfosis de la representación política, necesaria sobre todo si consideramos que estamos en una fase de “universalización de la democracia (representativa)”.

Del desencanto del mundo, pasando por el desencanto del capitalismo –el “capitalismo del desastre” (Naomi Klein)–, hemos llegado al desencanto de los políticos, que han provocado una grave crisis de nuestro marco de convivencia: el Estado. Pero el desencanto, lleva a la desafección y la desafección puede llevar a la sociedad a lo peor si no se actúa una reforma adecuada dentro del sistema democrático que ha demostrado ser “el menos malo” (como decía Churchill).